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Masticar las emociones: el vínculo secreto entre boca y psique.

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Masticación y emociones: el vínculo entre boca, músculos y psique


Cuando pensamos en nuestros hábitos alimentarios, rara vez relacionamos el modo en que masticamos — o no masticamos — con lo que sentimos emocionalmente. Y sin embargo, según la psicofisiología, el cuerpo y la mente se comunican a través de un canal mucho más concreto de lo que imaginamos: los músculos.
Del psicoanálisis al cuerpo
Freud había intuido que las primeras experiencias ligadas a la boca — succionar, saborear, morder — sientan las bases de la personalidad adulta. La psicofisiología, en particular los estudios realizados a partir de los años ochenta por el investigador Vezio Ruggieri, ha intentado traducir esta intuición en términos medibles: ya no solo símbolos y significados inconscientes, sino tensión muscular real, registrable con un electrodo.
La idea de fondo es que los comportamientos instintivos — entre ellos el alimentario — funcionan como un ciclo de dos fases: una fase de acumulación de excitación (el hambre, el deseo) y una fase de descarga que, en el caso de la boca, corresponde precisamente a la masticación.
Cuatro modos de vivir la comida
Las investigaciones describen distintos «estilos oroalimentarios»:
• El tipo succional: come con avidez, le cuesta masticar y detenerse — un patrón que puede favorecer el sobrepeso o los atracones.
• Quienes compensan con comportamientos masticatorios parciales: mascan chicle, se muerden los labios, fuman.
• El tipo con «paradas artificiales»: reprime las emociones apretando los dientes, a menudo con náuseas o ardor de estómago.
• El fumador: un patrón aparte, menos conectado con los demás.
Un dato interesante: quienes tienen un nivel bajo de tensión muscular alrededor de la boca tienden a tener más dificultad para «detenerse» mientras comen. La tensión muscular, en definitiva, funciona también como un freno natural.
Masticar para elaborar, no solo para nutrirse
Uno de los aspectos más fascinantes se refiere a los niños pequeños que se niegan a masticar y siguen prefiriendo alimentos triturados más allá de la edad prevista. Observaciones realizadas en contextos escolares sugieren que estos niños suelen tener dificultades también en otras actividades simbólicamente «destructivas», como derribar construcciones o rasgar papel. Mediante juegos específicos — trabajar la arcilla, dramatizar el morder de los animales — es posible ayudarles a desbloquear gradualmente esta dificultad, a menudo con resultados rápidos.
Un freno que es también una puerta
La masticación no sirve solo para digerir: parece funcionar como una auténtica «señal de stop» hacia los centros cerebrales del hambre y, al mismo tiempo, como válvula de escape para tensiones agresivas que no encuentran otra salida. No por casualidad, quienes logran masticar — o «destruir» simbólicamente a través del juego — muestran a menudo menos rasgos de hostilidad reprimida.
Qué nos llevamos a casa
Esta línea de estudios nos recuerda que nuestros hábitos en la mesa no son solo cuestión de voluntad o de dieta: dicen también algo más profundo sobre cómo gestionamos el placer, la frustración e incluso la rabia. Observar cómo comemos — con calma o con ansiedad, masticando o «tragando» todo — puede ser un pequeño espejo de cómo afrontamos la vida.
Artículo inspirado en el estudio de Sara Della Giovampaola, «El papel de los músculos en el comportamiento instintivo oroalimentario», Il Politecnico, n.º 1-2, 2018, basado en las investigaciones de Vezio Ruggieri.

Dr Massimiliano Costantino

Masticación y emociones: el vínculo entre boca, músculos y psique